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De Quimeras y Ensoñaciones

El experimento

Era un científico que un día dijo que lo había descubierto.

Después de haberse pasado toda su vida investigando, experimentando, viviendo encerrado, enclaustrado en su laboratorio durante horas, días, años, décadas enteras, rodeado de probetas, matrazes erlenmeyer, mecheros bunsen, tablas de electroforesis en agar, reactivos, placas de cultivos celulares, catalizadores, y mil utensilios y sustancias más, buscando el significado a la vida, el sentido de la misma, sin encontrarlo, sin ver nada más que trocitos microscópicos de materia eran capaces de multiplicarse en sus placas de cultivos formando colonias de células, que no eran más que visibles puntitos en su placa, había llegado a perder incluso el significado, la facultad, el porqué de su estancia en aquel local de experimentación.

Una pelota de golf entró por el estrecho ventanuco situado muy por encima de su cabeza, al que nunca se asomaba y por el que entraba la luz a la estancia, rebotando en los lugares más insospechados, rompiendo algún tubo de ensayo, volcando el mechero y yendo a terminar a los pies de un muy enfurecido científico, que sin reparar en los efectos de la pelota, la recogió y salió bufando de enojo en busca de una víctima a la que hacer pagar su osadía.

Era la primera vez en años que atravesaba la puerta de su caserón, todo que lo que necesitaba, hacía décadas que se lo proveía un ayudante y no veía necesidad ninguna de relacionarse con el exterior, un exterior que había cambiado, lo que antes eran campos improductivos llenos de maleza ahora era una zona deportiva verde primorosamente cuidada, a lo lejos, una niña y su padre, se acercaban. El científico apretó los puños y gruñó y sentose en los escalones de la entrada a esperarles , con una letanía de improperios en sus labios.
Cuando ya estaban cerca de él, la niña se adelantó, le hizo una reverencia cual si ante un rey estuviese, le saludó graciosamente, y al verle que tenía la pelota en la mano, se le acercó más y le dio un beso en la mejilla.
El científico perdió toda su compostura, todo su enfado, su mal humor se desvaneció, se disipó, se evaporó tras de aquel beso.
La niña tomó la pelota de las manos del científico y salió corriendo hacia su padre, el cual se disculpó muy gentil y educadamente por su actitud, por ser un mal jugador de golf, por todos los posibles daños que le hubiesen podido causar. Y que no eran pocos, pues no más pronunciadas estas palabras un humo gris se coló por debajo de la puerta y unas explosiones a intervalos irregulares se dejaron oír en el interior del laboratorio. Estaba ardiendo. Y lo estuvo haciendo durante cinco horas más.
Todo su esfuerzo había desaparecido, sus interminables horas de investigación, sus resultados plasmados en viejas hojas de papel, sus pequeños descubrimientos acerca del control de la multiplicación celular, “sus hijos” habían muerto, se habían suicidado ante sus propios ojos.
La niña se le acercó, le tomó de la mano, y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo al contacto con una piel, con una caricia humana.

Al día siguiente, cuando vinieron a buscarle, para llevárselo, les dijo que por fín lo había descubierto, que había encontrado lo que buscaba, después de tanto experimentar en su laboratorio, de tantos años buscando en vano, de tanta soledad, por azar, por la fatalidad de un accidente había hallado, inventado, lo que durante tanto tiempo buscó :

Era el afecto positivo e intenso hacia alguien o algo considerado fuente de bienestar mental o espiritual.

Era el AMOR, con mayúsculas.

Y por su bienestar mental, dos hombres con batas blancas, se lo llevaron enfundado en una camisa de fuerza camino del hospital psiquiátrico.

El elefante encadenado II

"El elefante quedaba sujeto por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo, un minúsculo pedazo de madera enterrado unos centímetros en la tierra. Capaz de arrancar un árbol con su fuerza, podría, arrancar la estaca y huir. ¿Qué lo mantiene ? ¿Por qué no huye?…
…Alguien me explicó que no se escapaba porque estaba amaestrado.
-Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?…
… El elefante del circo no se escapa porque ha estado atado a una estaca desde muy, muy pequeño. En aquel momento el elefantito empujó, tiró, sudó, tratando de soltarse. A pesar de todo su esfuerzo, no pudo. La estaca era fuerte para él. Se durmió agotado, y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía... Hasta que un día, un terrible día para su historia, aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante no se escapa porque cree -pobre- que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...

Jorge Bucay … “

Y continuando con su historia ...

El elefante encadenado II


... Y el Elefante, un día que el circo erraba nómadeando por tierras que le traían el recuerdo de su infancia, -porque él había nacido libre-, vagando en pos de las cuatro columnas de marfíl gris del templo que era su madre, escuchó a lo lejos el barruntar de su propia especie, de elefantes que vagaban en libertad, y recordó el imborrable recuerdo del estallido cuasi similar al trueno y como las columnas del templo materno se quebraban, el cuerpo se bamboleaba y se venía abajo como un ídolo con los pies de barro y una nube de polvo se levantó en la meseta cuando su madre cayó muerta al suelo de un disparo.
Luego los tambores.
Y a pesar de que el macho luchó por levantarla con sus colmillos de marfil, no pudo, y a pesar que el resto del grupo le ayudaba solidarios como una piña en torno del cadaver, ella no se movía.
Luego la huida.
Pero el elefantito no sabía correr.
Y el circo fue su casa, su destino.
Ahora, que regresaba a su hogar, al lugar donde había nacido, miraba a través de una pantalla la inmensidad de la meseta y olía el olor de la libertad allá fuera.
Pero no podía.
Un día oyó la llamada de una voz libre, cerca, con su emisor moviéndose tras la maleza y contestó con un saludo de elefante.
Y en aquellos instantes olvidó la cadena que le aprisionaba una de sus patas y un ritual de llamadas, de palabras elefantinas, se establecieron a través de un canal de comunicación impersonal en cierto modo como era el del aire y el del viento que traían y llevaban sus rituales, sus palabras, sus bromas elefantinas, inclusive sus sentimientos.
Aquella hembra mostrose interesada por la palabrería del elefante encadenado y cuando la hora bruja oscurecía el páramo, a través del aire, se contaban sus cuitas hasta las tantas en la madrugada, sin decir nada serio, pues a pesar de ser elefante, la vida era demasiado corta para no tomársela a broma, y eludir la realidad, y cuando se despedían lo hacían con un roce imaginario de trompas, de colmillos entrelazados en la lejanía .
Cuando el día le mostraba la realidad, su pasado le atracaba cual ladrón, el alma.
No podía.
Unos hilos de seda le ataban.
Una cadena le sujetaba a un mástil tan endeble que una hormiga hubiese podido soltar, pero él no era hormiga, era elefante amaestrado.
Y el elefante hembra se acercó al circo, se puso a jugar con la pantera negra a la que pintaban de rosa, con el gran gato al que le ponían un parche para que sólo se le viese un ojo, el gato tuerto, con infinidad de ellos jugó, excepto con el elefante, que atado a una imaginaria estaca de madera, que realmente era aquello lo que le retenía, una imaginaria, un pasado, no había podido acercarse a jugar.
Y el elefante encadenado no la vio partir de nuevo por que no la había visto ni tan siquiera llegar.
No quedes conmigo si no puedes arrancarte la estaca del corazón.
A través del aire, las palabras sonaron a melancolía, y le recordaron su impotencia y los sentimientos contradictorios se mezclaron cual azúcar en café y empezó a cuestionarse si realmente ...

Y el elefante se sentó a esperar a oír de nuevo la llamada aunque fuese en la lejanía y a través del canal del viento.

¿Continuará …?

El cambio

Se acabó. Lo siento. Yo ya no soy yo. Fuera. El mundo tendrá que oír mi voz, no importa que el verano esté acabando, no importa que ya pasó todo lo bueno, no importa que empiece a hacer frío, ni que alguna cana blanca tiña mi pelo. No importa que el sudor cubra mi cuerpo. No importa que una risa ingrata desmañada y embustera asome en tu jeta macilenta, no importa que tenga mucho miedo. Mañana saldré y me pelearé contigo. Y tú me oirás. Ya estoy cansado de guardar silencio. Ya estoy cansado de ser un rincón en una habitación revuelta de recuerdos, ya estoy cansado de guardar sueños. Y a pesar de mi cansancio de siglos infinitos acumulados, a pesar del miedo, a pesar del fatal destino, a pesar de tu mirada compasiva y extraña, a pesar de eso , iré a buscarte. No te he de encontrar a ti, ni a ti, pero al menos me encontraré a mí en el camino. Y morirme siendo yo mismo y no de hastío en un rincón sombrío sin ventana y mirarte desde arriba con orgullo y temblar cuando te vea, pero lucharé hasta envolverme en el manto de la vida, esa que escapa con el tiempo yendo siempre hacia delante y construyendo compañeras sentimentales de carne y hueso y no de sueños, no de sueños.
Y me haré caminante de ciudades, de asfaltos que abrasan los pies, de garitos de neones, de músicas inaudibles , de mujeres de la calle con vestidos de lunares y risas infernales, de carnes trémulas mil veces manoseadas y asqueadas de tanto ser extraño insatisfecho de su ego masculino y brujulearé de puerta de bareto en bareto de mala muerte y escupiré mi rabia sobre el alféizar de la barra pidiendo una copa de más hasta que mi hígado no aguante y gritaré mi soledad en la noche y patearé tu puerta y golpearé con ira mi pecho desalmado inundando mi estúpida bomba roja en borbotones cuajados de hemoglobina para comprobar si realmente aun no se ha parado y abriré con un cuchillo mi costillas y destilaré el alcohol de mis venas para contar si es cierto que tengo taitantos glóbulos blancos. Pero no dejaré pasar de largo otra vez el autobús del 39, no lo haré.
Y quizá un día te encuentre.

El caballero del espejismo

Por la inmensa estepa cerealista castellana, bajo un sol de justicia, un caminante recorre un camino pedregoso, polvoriento, en su mano derecha lleva un cayado, sobre el hombro una bota de vino, y una cantimplora de agua pende colgando de la cintura. Los campos amarillean de trigo a izquierda y derecha, y al frente todo un mundo de color pajizo se mueve alrededor del peregrino, inclusive el sol, la bola de fuego colgada en lo alto del cielo, parece querer robarle un pedazo del azul a la bóveda celeste, para transformarlo todo en una monotonía monocromáticamente dorada.
De improviso, repentinamente, a sus espaldas, alguien le saluda, exclamando: -Hola- una palabra cortes y educada que le sobresalta y estremece por lo inesperado e imprevisible en aquellos dominios.
Quien diantres osaría transitar por estos páramos, a no ser un agricultor, u otro peregrino, más los labradores siempre suelen franquear por estos lares guiando sus tractores, sus segadoras, cosechadoras, u otras máquinas similares, y el pueblo más cercano hace más de cuatro horas que lo dejó atrás.

- ¿Quién eres? – Preguntó el peregrino a aquel ser con aspecto humano, pero que vestía ropajes de siglos atrás, como salidos de un atrezo teatral ó de película.
- Soy Espejismo – Le respondieron.
- Creo que hoy me ha dado excesivamente el sol, y he bebido demasiado vino, no es posible, o eso, o estoy soñando – Y el peregrino se pellizcó el brazo derecho para comprobar que aquello no era un sueño – Tú, lo que quiera que seas, no eres real. Hace horas que no veo a nadie en el camino, debo de tener fiebre, estar enfermo o algo así, pero lo raro es que me encuentro bien, y te sigo viendo.
- Claro que lo soy. Si no fuese real, tú no estarías hablando conmigo, ya te lo he dicho, soy Espejismo.
- Los espejismos, queridísima cosa, seas lo que seas, son anomalías meteorológicas que provocan ilusiones ópticas debido a la refracción de los rayos luminosos por la atmósfera, y acontecen primordialmente en los desiertos, aunque no categóricamente en ellos, y, un punto muy importante, y por lo tanto, nada baladí, es que ellos … ¡ No hablan ¡ ¡ No hablan ¡
- No importa como definas a los espejismos, mi culto e intelectual amigo, habrás de saber que yo soy Espejismo, un caballero del camino, y hablo, por lo tanto habrás de revisar tus conceptos mentales y lingüísticos, precisar claramente con razonamiento el significado de esa palabra.
- Vale, mi imaginación está jugueteando, seguramente aburrida de ver siempre lo mismo, campos y mas campos de trigo, lo mejor será, que me olvide de estos últimos cinco minutos, siga mi camino, sin mirar hacia atrás y todo no será más que una anécdota en mi cuaderno de bitácora.

Y dicho y hecho, el caminante, sin volver la vista atrás, siguió su senda, silbando una canción, para ahuyentar cualquier sonido, y se sosegó por momentos, al cerciorarse que nada acontecía, y así, pasaron unos diez minutos más de caminata en los que nada ocurrió, al cabo de los cuales, se detuvo, un poco más cansado y sediento, vertió las últimas gotas de agua de la cantimplora que llevaba a la cintura, sobre sus resecos labios y prosiguió su marcha.
A los pocos pasos, sintió unos golpes en el hombro izquierdo, sobresaltado, arrojó al suelo la cantimplora vacía, que aun llevaba en la mano, presto, se volvió y una ráfaga de arena y polvo le hizo instintivamente cerrar los ojos, sin haber visto absolutamente nada, volverse de espaldas para repeler y resguardarse de aquel remolino pulverulento que le cegaba y apenas le dejaba respirar, asombrosamente escuchó cascos de caballo pasando a su lado y ladridos de perro. Cuando abrió los ojos, el torbellino de arena había desaparecido, y una yegua de color acanelado, pardorrojizo, es decir, alazana, le miraba desde arriba, y un lanudo perro ovejero de grandes orejas, un cooker spaniel, le miraba desde abajo.
- Hacen conmigo el camino- le informó una voz a su lado, con el mismo acento y deje de aquella que había escuchado diez minutos antes.
- ¡ Otra vez tú ¡ – protestó el peregrino – ¡ No lo puedo creer ¡ ¡ Esto es inaudito ¡ . Ya te había olvidado y ahora no más te multiplicas por tres. Ay, ay, ay. – Se lamentó irónica y escépticamente su interlocutor en plan burlónamente guasón e insólito -
- Venía a decirte que no elijas el camino de la izquierda, pues no conduce a ninguna parte, perderás más de dos horas de viaje, y sólo hallarás un caserón abandonado con un parral vetusto con muchos frutos, pero aún inmaduros, y no te servirán para saciar la sed y deberás de nuevo volver a desandar el camino y al llegar al pueblo no encontrarás sitio para alojarte. Siento mucho que te hayamos asustado, ¿no te habrá entrado arena en los ojos?. Perdón, pero los cascos de los caballos levantan mucho polvo cuando galopan. Ahora, por nuestra culpa, tu cantimplora se ha caído y se ha derramado todo el agua, toma la mía, yo no la necesito. .
- No quiero tu agua, y no se ha derramado, ya estaba vacía cuando se cayó al suelo – arguyó el caminante visiblemente estupefacto, más que molesto – y no necesito consejos de, de, de un espejismo.
- No importa, ha sido culpa nuestra, ahora está toda ella polvorienta y sucia, te lo debemos – Y le entregó su odre, lleno de agua. Y dirigiéndose al perro le dijo – Venga, vámonos, orejas.
- ¿Se llama orejas?. Es gracioso, aunque lo cierto es que le viene bien el nombre, - le espetó, mas relajado y en forma más amistosa- ¿para qué querrá un perro unas orejas tan grandes?
- Para volar, peregrino, para volar – contestole el caballero - debo seguir mi destino, más antes de despedirme solo tres palabras, cuida tu corazón.
- Mi corazón está fuerte, no le pasa nada, nunca ha estado mejor – gritó el caminante con inquina y enojo, dejando atrás su talante amistoso - no me asusto tan fácilmente de un fantasmón por mucho caballo y perro volador que le acompañen.
- Cuida tu corazón, en el camino, peregrino, cuida tu corazón, porque lo perderás, perderás tu corazón en el camino – sentenció muy seria y dignamente el caballero, ignorando las enrabietadas palabras de aquel -

Espejismo se montó en su yegua y al trote emprendió la marcha, el cooker spaniel, ladrando, movió las orejas, las batió y se elevó en el aire tras sus acompañantes, voló y voló hasta que los tres se perdieron de vista.

El peregrino sintió un escalofrío y se le erizaron los pelos. Todavía no era su hora, claro que no.
No, va, patrañas, alucinaciones del vino, del sol, quizás de la fiebre, y se palpó la frente.

Olvídalo todo y sigue, se dijo. .

Al llegar a la bifurcación, vislumbró el rótulo de una inscripción que rezaba: paisaje pintoresco. Y el peregrino tomó el camino de la izquierda, sin hacer caso a la advertencia de su ilusión. Sólo encontró un caserón vacío con una parra llena de uvas y un barranco, tuvo que volverse. Cuando llegó al pueblo, no le fue fácil encontrar sitio donde hospedarse, en todos le indicaban que de haber llegado una hora antes, habrían podido disponer de algún huequecillo. Al fin, después de mucho preguntar, alguien le indicó que podría alojarse en el refugio y hacia allá fue, en la entrada vio un letrero que indicaba, refugió de los peregrinos del camino de Santiago, al entrar, justo de frente, colgaba una pintura sobre un lienzo de un caballero en una yegua alazana, acompañado de un perro de largas orejas que levitaba y bajo el cuadro, leyó la leyenda, “Caballero del Espejismo”..
Preguntó por el cuadro y le contaron un cuento acerca de una leyenda, que precisa que es un guía del camino y de los peregrinos, y que muchos de ellos aseveran el haberlo visto, con yegua y perro volador, pero que nadie del pueblo, jamás de los jamases lo habían visto, pero ellos no eran peregrinos compostelanos.

Partió al día siguiente del pueblo y a dos días de camino, encontrose a una mujer sentada en una piedra, tomando pan y queso, pasó a su lado, saludó cortésmente, deteniéndose al escuchar que le requerían con estas palabras, “¿no queréis compartir conmigo un trozo de pan y queso?”
Se sentó al lado de aquella mujer, que no era alta ni baja, fea ni guapa, gorda ni flaca, joven ni vieja, rubia ni morena, pero era como él, otro peregrino camino de Santiago.

Y mientras compartían el pan y el queso, hablaron de su peregrinación y el caminante le narró la ilógica historia del caballero del espejismo, mientras ella guardaba silencio y tapaba sus labios con la mano, tras la cual se esbozaba una amplia y cómplice sonrisa, y no apenas hubo terminado de relatarle la advertencia sobre la pérdida de su corazón, la mujer emitió una estrepitosa carcajada, que continuó en el tiempo, lo que le hizo ponerse a la defensiva, enojarse por aquella absurda reacción, al fin y al cabo, había sido sincero, ella notó su irritación y enfado y le dijo que lo sentía, pero no podía dejar de reír, “lo siento, lo siento”, dijo entre risas más pausadas, “no me río de usted. No. Yo le creo. Le juro que le creo, y le entiendo”, el peregrino se sintió aliviado por esas palabras, ”si, por favor, déjeme, déjeme respirar y calmarme y le cuento”.

Ella cesó en sus risas y prosiguió, “Yo también le vi, tengo que decirle que creí que me estaba volviendo loca y lo aduje a tanta soledad del camino, cuando yo propiamente vi a ese caballero y a su perro, al perro que vuela, di un respingo tal que me hizo caer al suelo, él luego se portó muy afable, cordial, atento y encantador y a pesar de su extravagancia y superada mi angustia y miedo, alivió mi soledad y lo acepté sin extrañeza, aunque fuese por no más de cinco minutos, en que desapareció igual que vino, pero lo más insólito de todo es lo que me manifestó al despedirse, me aseveró que encontraría un corazón perdido en el camino.

Pelín Becqueriano me ha quedado. En Fin. Siempre habrá imitadores :)

Una sonrisa forzada

Tenía dibujada en su cara esa estúpida sonrisa de las que el éxtasis de la contemplación te trasladan al más allá de ti mismo. ¡Guau!. Se lo estaba pasando de Puta Madre. Era bueno ese polvo blanco. ¡Si señor! De excelente calidad. Nada de adulteraciones con harina ni con azúcar ó sal ó granos de arroz triturados. No Señor, ella pagaba lo que valía y pagaba bien.
Flotaba, volaba, andaba sobre nubes aterciopeladas de colores vagamente soñados. Era como un orgasmo alargado en el tiempo, estirado como chicle de mascar, eterno, infinitamente perdurable e imperecedero, una complacencia de placer que enseñoreaba a sus anchas a aquel nutrido grupo de danzarines de la pista central. Siempre distintos, siempre iguales. Una y otra, una y otra vuelta sin cesar, sin dejar de menear su menudo y escuálido esqueleto de niña bien, su piel amarillenta de vividora de la noche, sus ojos enrojecidos, y su sonrisa de joker marcada en su cara a base de un cincel de color blanco.
Su cerebro giraba a mil revoluciones por segundo, saltando en cabriolas imaginarias, en luces estrambóticas, en maremotos malogrados contra las rocas de la costa, deshaciéndose en miriadas de placer, pero su corazón no podía aguantar ese ritmo infernal, si bien su cerebro no le ponía límites a su amplia variedad de sensaciones, su corazón empezaba a decirle: -¡Basta!. ¡Para un poco so basta!. ¡Para! ¡Basta ya!. Patán, basta y chabacana mujer, tu vasta existencia dejará de decir ¡basta! si no dejas de hacer tantas tonterías. Tómate la vida un poquito más en serio, que tienes dinero para hacerlo, haz caso a tu corazón, que te lo está pidiendo. Deja de colocarte, muchacha. No te esfuerces en sonreír falsamente a falsa gente a quien no importas nada. Nada.-

Y la danzarina, sin oír a su pusilánime y debilitada víscera muscular, con una sonrisa forzada, zapateaba en la noche, en la pista central de baile, colocada, colocada como caballo ganador en el hipódromo de la vida, que se le escapaba, a no ser que el jokey dejara de fustigarla y de clavarla las espuelas en el costillar intentando llegar a su espina dorsal, a su centro interestelar donde los colorines se esfumasen en aquel ambiente enrarecido de humo, música estrambótica y machacona y cuerpos sudorosos y se transfiguraran en la lacónica y sucinta brevedad de la efímera realidad de su vida.
Resucitó de entre los muertos aquella noche, cuando desmayada, despertó de su letargo y no reconoció a nadie a su derredor. Caras extrañas y sin embargo eran las mismas, las que todas las noches le miraban en la pista central y recordó un hogar abandonado y una sonrisa limpia, y un álbum de fotos y un paseo por el jardín y un banco con dos corazones grabados y un libro de juventud perdido que hablaba de los peligros de aquellas sustancias estimulantemente alucinógenas que podían captarte hasta producir una adicción patológica, una dependencia enfermiza. Y recordó unas manos grandes, una cara arrugada, un abrazo de oso, unos ojos cansados pero firmes, pero no estaban allí mirándola, y de su corazón lloraron lágrimas que viajaron por venas y arterias y extrañamente dulcificaron su organismo y al llegar a sus ojos bombearon sangré. Lágrimas de su corazón, sangre de sus ojos.
Y recordó un tiempo olvidado, pasado, vivido, tal vez soñado, imaginado. Fue sólo un instante. Sólo eso, un breve instante nada más, cuando pasaba del duermevela a su realidad artificial, dependiente y letal, funestamente mortal y destructora.
Y la música volvió a sonar nuevamente en el tugurio, allí no había pasado nada, un desmayo sin importancia, una mujer, un drogata más buscando su dosis sin encontrarla, y en la barra del bar un vendedor, el de siempre, uno más, un extraño, le aguardaba. Y si algún día necesitase vender su cuerpo, lo haría, total, tan sólo el corazón protestaba y ella sabía ignorarlo, hasta, hasta que un día cualquiera dijera ¡ Basta ¡ .

Donante de sangre

Después de haber pasado por la U.C.I., la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital, donde permaneció seis días ingresado, gravemente herido, temiendo por su vida; un milagro de esos que no se repiten muy a menudo, desgraciadamente, facultó que todo quedase en un mal sueño, en una pesadilla de novela.
Le habían subido a la tercera Planta, con el resto de pacientes hospitalizados, a la habitación 325, al fondo del pasillo, adyacente a las mesas de los vigilantes jurados.
Apenas recordaba nada de lo acontecido en esos seis días, y por supuesto nada de una luz al final del túnel ni chorradas de esas por el estilo, tan sólo recordaba una sala que compartía con otros pacientes, sobre su pecho, dos electrodos conectados a una tríada de pantallas gráficas que oscilaban en dientes de sierra y unos números cambiantes a su derecha y frío, mucho frío, un frío que le hacía tiritar después de haber despertado de la anestesia entre un grupo de médicos, cirujanos, anestesistas, ayudantes y enfermeras con batas verdes, que comentaban algo sobre el éxito de la intervención.

Ahora lo que le molestaba es estar atado a la cama, se sentía impotente, un inútil e inactivo inválido.
El suero fisiológico goteaba inaudíblemente desde la bolsa colgada en el soporte hasta la cánula de ensanchamiento donde se hallaba el dispositivo manual de regulación de la velocidad de caída. Si hubiese tenido oídos de lechuza habría escuchado el ploff ploff ploff de la gota al caer. La otra bolsa, eran antibióticos. Un estrambótico vendaje le cubría parte del rostro. Y en el brazo derecho tenía abierta una vía sanguínea, rodeada y sujeta por esparadrapos, desde la cual le habían insuflado litros de sangre.
¿Tendría que maldecir desde ahora a los insensatos y manirrotos donantes anónimos que habían contribuido a que siguiera vivo? .
¡Diablos! ¡Se había intentado suicidar!
Si la estúpida solidaridad de la gente no hubiese llegado a dotar al hospital de sangre suficiente de su mismo grupo sanguíneo, tal vez ahora, ya estuviese jugando al mus con el mismísimo Lucifer.
Prometió no donar nunca más en su vida sangre y romper el carnet de donante que hacía diez años, desde la muerte de su hijo en accidente de tráfico, le habían entregado en el sanatorio cuando se prestó voluntario al comprobar la realidad y la necedad y retraimiento estúpido de la gente a un acto tan simple y generoso como era el donar sangre. Que carajo. Siempre se necesitaba sangre en los Hospitales, no quería pensar que su hijo la hubiese necesitado y no hubiera reservas en el hospital. Por aquel entonces pensó que era la ignorancia y la desidia lo que hacía a las personas ignorar un hecho que podía salvar una vida.
Y también pensó en la ridícula actitud de las familias a la prohibición de donar órganos, tan necia como ignorante actitud, y no le valían las negativas por causas religiosas, aún más estériles inclusive, sabiendo que conllevaba en juego la vida de otra vida.
Pero ahora la situación era diferente. Ahora él no quería sangre. Quería haber muerto y esa sangre le había salvado la vida. Casualidades de la vida. Rompería su carnet de donante de sangre. Lo haría.

Su mente buscaba respuestas y un culpable, y el culpable no podía ser él, eso desde luego que no, imposible, y sin embargo lo era, el único infractor de las reglas de la vida había sido su propia necedad.
Cuando el cañón del revolver rozó sus labios, un sabor acre de metal engrasado le llegó a su centro del pensamiento, allá mismo donde la bala debía ser disparada. Al contacto con los dientes, el frió metal le trasladó a las clases del instituto, a cuando jugando, alguien hacía chirriar la tiza sobre la pizarra y todo el vello de su cuerpo se le ponían de punta y un estertor le recorría de arriba abajo y los dientes le castañeteaban. Eso es lo que sintió. Su mano estaba temblando y no lo sabía, el dedo cerca del gatillo, todo el cañón metido en la boca, la agitación, el tembleque de su mano iba en un aumento atrozmente epiléptico. Tocó el gatillo e instintivamente la pistola retrocedió, parte del cañón abandonó la gruta húmeda y caliente de la boca, lo suficiente, lo preciso, para que la bala al dispararse saliera lateralmente y no centrada, y eso fue lo que le salvó la vida. Su miedo a morir le salvo la vida.

Infecundo y estéril escritor. Esas eran las palabras de su crítico literario. Infecundo y estéril escritor.
Ja. No era la primera vez, ni la segunda, pero los últimos meses había llegado a creérselo y abandonarlo todo, a dejarlo. ¡A la mierda! . Si ya no sabía escribir, lo dejaría, como había dejado de beber. Alguna vez incluso llego a insinuarse a si mismo si dejar de beber había sido el detonante para dejar de escribir bien. Si, realmente pensó que borracho era cuando sus obras cobraban la fuerza del genio que llevaba dentro.
Pero el abandono era el olvido. No sabía hacer otra cosa. Cuando miraba el papel en blanco no le salían palabras, no le salían historias. Nada. Realmente había perdido inspiración. Había perdido la capacidad de procrear diálogos sentidos y todo lo más que paría eran fetos sin estilo, sin gracia, feos y raquíticamente pobres. Y los críticos estaban ahí para hacérselo ver. Él, un triunfador, un ídolo, el Dios de las letras, ahora era como un gigante con los pies de arcilla. Más grande será la caída cuanto más alto llegues, y había llegado a la cúspide de la montaña, allá donde no hay más tierra que escalar, no hay más camino que seguir, porque es el final, y a no ser que lleves alas, no puedes conseguir más. Lo había tenido todo. Y ahora ya no era más que uno del montón, uno de esos escritores que pululan como setas. Y por eso había querido morir. No aguantaba más su agónica decadencia y decrepitud, su falta de originalidad, su falta de ideas.

Su médico le informó de su estado. Había sido un milagro que siguiese vivo. Nadie daba un duro por él.
Ahora pasaría bastante tiempo allí, recuperándose de su atrocidad, de su felonía hacia si mismo, de su deslealtad y traición a su vida.

Entre dos enfermeras, inmaculadamente vestidas de blanco, le desataron las manos, le bañaron, le asearon, le cambiaron los apósitos y las sábanas de la cama manchadas de betadine y le dejaron preparado y guapo para recibir visitas. No tenía los ánimos para ello, pero no podía escapar de aquellos familiares pesados y rimbombantes cuyo único afán era increparle y discutir entre ellos culpándose de no haberse dado cuenta antes de que algo así pudiese suceder.

Una joven médico interno residente, en prácticas desde hacía tan sólo una semana en el hospital, al llegar la noche, cuando todos los molestos familiares habían huido, al entrar a cambiar la bolsa de antibióticos, le llevó un libro, uno de los suyos, y le dijo que le gustaría que se lo firmara, que le pusiera una dedicatoria bonita. Había esperado a que estuviese sólo para que nadie pudiera oírles hablar, pues quería que supiera que gracias a ese libro, titulado, “Sangre para mi Hijo”, le había llegado tanto al alma, que ella había decidido ser enfermera a la vez que quería ser médico y estaba realizando estudios de medicina, compaginándolo con su trabajo. Le dijo que todavía tenía mucho que aprender, que le gustaba su trabajo, a pesar de lo agotador que le resultaba, pero que la satisfacción que le proporcionaba superaba todo lo demás.
Bueno, le halagó en tal manera, a él y a su obra, que un rubor apareció en sus mejillas.
Cogió el libro, abrió la tapa, y escribió unas palabras en su interior:

A mi futura médico : Gracias a ti No romperé mi carnet de donante de sangre.

Parte diario de amor y guerra

El historiador depositó sobre la mesa uno de los libros que había extraído de entre la multitud de anaqueles que abarrotaban el interior del nuevo edificio del Segundo Depósito de la Biblioteca Nacional.
La labor de catalogación e investigación de aquellos cientos de miles de libros no había hecho más que comenzar, una ruda y tediosa labor le aguardaba, cierto era que la mayoría ya tenían su propio índice e historial, pero los de aquella sección aun permanecían descatalogados e inéditos a ojos humanos contemporáneos.
Tanto en el lomo como en la portada del libro se leía grabado en papel de oro “Mi diario”, lo abrió con delicadeza, en la primera página leyó a grandes letras y centralizado: Diario de M.T.R. A continuación pasó la página y notó como por cada una de ellas había un relato, por un día de la vida de M.T.R., una página escrita. Caligrafía tosca pero legible. Y el diario empezaba así:

21 de agosto de 1938: Barcelona. Las noticias que nos llegan del frente son contradictorias, aquí no hay lugar para el desánimo, estamos siendo arengados por nuestros superiores, nuestro sargento y el teniente nos gritan que la guerra ya está ganada, pero entre los soldados vemos como cada día los heridos y muertos son más numerosos, ahora los bombardeos suenan más cercanos y más fuertes.

25 de agosto de 1938: Por la Mañana. Ramón ha sido herido gravemente, sangraba mucho, trozos de metralla han acribillado su cuerpo, la bomba ha caído tan cerca que el ruido de la explosión ha debido perforar mis tímpanos, no oigo nada por el oído derecho, no oigo quejarse a Ramón, aún puede mantenerse en pie, arrastrándole, tirando de él, a veces ayudado por otro soldado, he conseguido llegar al hospital de campaña.
Por la tarde. Hay más de treinta soldados y civiles repartidos sobre camastros mal adecentados, se huele y se ve el olor de la sangre, se palpa y se oye el quejido de los heridos. El capitán médico me ha retenido contraviniendo mis órdenes de volver, mis escasos conocimientos sanitarios le son imprescindibles. Mandará orden a mi compañía en tal sentido, diciendo que me toma bajo su mando. Aquí el trabajo es agotador. Ramón está esperando. Creo que se muere.

27 de agosto de 1938: La ayudante del cirujano más bonita del mundo me ha informando sucintamente del desarrollo de la intervención quirúrgica a Ramón, completamente vestida de verde, excepto la cofia en la que se recoge su pelo, me ha mirado azarosamente a los ojos. Se llama Raquel. Bajo los efectos de la anestesia, Ramón no ha podido superar la prueba, había perdido demasiado sangre. Le habían abierto una vía en el brazo para transfundirle sangre, pero todo ha sido en vano. Las heridas eran demasiado graves. Raquel me informa que una parada cardiaca y respiratoria ha acabado con su vida. Ella manifiesta más turbación al darme la noticia, que yo mismo al recibirla.

30 de agosto de 1938: Los heridos se acumulan por todas partes, los más leves yacen en el suelo, ya no hay camas para todos. Estoy aprendiendo rápidamente, al lado de Raquel, a tratar las heridas, a suministrar calmantes, a cortar hemorragias, a inyectar suero fisiológico, a trasladar a los enfermos, a hacer vendajes, a mantener todo lo higiénicamente posible este lugar, y sobre todo a hablar con ellos y preguntarles por sus amigos y familias, eso, según Raquel, es la mejor medicina.

3 de septiembre de 1938: Hace una semana que Raquel y yo compartimos realmente el horror de esta guerra civil. Ella es muy bonita. Creo que me estoy enamorando. Pero no hay realmente mucho tiempo para estas bobadas. Las medicinas están escaseando. El frente nacional avanza. Las noticias de los soldados heridos son desalentadoras, nuestro ejército está cansado y diezmado, no importa que las noticias desde el Gobierno en Barcelona, dirigido por Negrín sean positivas y manifiesten victoria tras victoria, eso no es cierto, eso es información para enardecer los ánimos de nuestros hombres, sé que desde la primavera, desde la batalla de Teruel, cuando los rebeldes tomaron la ciudad y empezaron a avanzar sobre el Mediterráneo, la zona controlada por nuestras fuerzas han quedado divididas en dos. Creo que estamos perdiendo la guerra.

9 de septiembre de 1938: Raquel y yo nos hemos besado en la intimidad de la noche. Te quiero. Eres lo único real de este irreal mundo. Cuando me miro en sus ojos olvido por un breve momento los uniformes manchados del rojo grana de la sangre y los gritos de dolor y veo lo afortunado que soy de tenerla a mi lado.

12 de septiembre de 1938: Curiosidades de la vida, escribo recostado sobre una colchoneta, soy uno más de los enfermos de este Hospital de Campaña, la fiebre me devora pero no dejo que se apodere de mí, hay mucho que hacer, me necesitan. Raquel está a mi lado, mimándome, y no se lo permito, hay montones de heridos a quien atender, esto pasará, solo necesito descansar un par de horas. Raquel está cada día más hermosa y yo más enamorado. Es omnipresente, incasable y siempre de buen humor, es el alma de este sitio. Llevamos tantas horas juntos, trabajando codo con codo, luchando, salvando vidas, curando, lavando heridas, que parece toda una vida entera, que no cambiaría por nada, ni tan siquiera cambiaría estos días a su lado porque la guerra terminase, ni tan siquiera por eso. Ya no entiendo mi vida sin Raquel.

15 de septiembre de 1938: Las noticias del frente son malas, nuestros hombres no aguantan las posiciones y retroceden hacia Barcelona, se habla de escaramuzas e incursiones, resuena mucho un nombre, la Batalla del Ebro, cada vez vemos pasar más gente en lo que parece una retirada sutilmente programada. Creo que nos hallamos batiendo en retirada. Estamos perdiendo la guerra. Y no tengo miedo de que alguien lea este diario, ya que me formarían un tribunal de guerra por estas palabras de derrota, pero es lo que siento y veo todos los días y Raquel comparte mi opinión y el capitán médico también.

18 de septiembre de 1938: Los nacionales están intensificando su fuego, las explosiones son continuas a nuestro lado, un obús perdido ha destrozado la escuela, ahora hay muchos niños muertos y los heridos comparten cama con soldados. Son tan pequeños e inocentes. Maldita guerra. Que termine de una vez. He visto derramar lágrimas a Raquel cuando llevaba en brazos el cuerpecito de una niña moribunda, pero se ha sobrepuesto. No hay lugar a sentimentalismos. Tenemos muchas vidas que atender. Hoy ha sido el peor día de todos. Había quince niños en la escuela, uno ha muerto en mis brazos. Maldita guerra. Maldita.

19 de septiembre: Si no descanso es por no pensar, si pienso en ese niño me derrumbaré. Si Raquel no estuviera a mi lado hubiese preferido estar en el frente que ver lo que ven mis ojos en este hospital. Gritos, alaridos, quejas, súplicas. Los calmantes se están suministrando a los casos más graves, son racionados y esto parece un manicomio. Dormimos poco o nada. Tenemos poco tiempo para estar juntos, pero son momentos muy intensos.

22 de septiembre de 1938: Los nacionales están a las puertas, hemos recibido orden de retirada. Los enfermos menos graves van sido desalojados en camiones militares.

23 de septiembre de 1938: Raquel y yo hemos celebrado una ritual e imaginaria ceremonia. Nos hemos casado. El capitán médico ha sido nuestro ordenante. Hemos hecho el amor. ¿Volveré a verla? . Te quiero, Raquel, te quiero.

24 de septiembre de 1938: La he visto por última vez, alejándose en un camión, el último que ha partido hoy, secando el sudor de la frente de un herido. Tan solo quedan los heridos que no pueden ser trasladados. Carros de combate, tanquetas, soldados a pie y milicianos pasan en retirada, siguen llegando heridos muy graves.

2 de octubre de 1938: Seguimos aquí, desde que Raquel se fue no he vuelto a escribir. Siguen pasando tropas en retirada, estamos huyendo. Ya nada evitará que esta guerra termine y la hemos perdido. Cataluña se está rindiendo. Aún resistimos, pero mi pesimismo, sin Raquel a mi lado es cada vez mayor.

15 de octubre de 1938: Muchas cosas han pasado. Formo parte del convoy que se retira hacia Barcelona, el hospital ha dejado de ser un hospital militar de campaña y ha quedado en manos de civiles, estamos a las puertas de la ciudad. He buscado a Raquel por todas partes. Imposible. Esto es el caos, ya no hay ejército organizado, ya no hay nada. Filas de personas nos retiramos hacía la frontera. Barcelona no resistirá muchos días, los suficientes para permitir que alcancemos Francia. Busco desesperadamente entre las filas a Raquel, en cualquier lugar donde parece encontrarse un centro de heridos, pero no hay pistas. Aun tengo muchas esperanzas de encontrarla y empezar una vida nueva juntos fuera de mi patria, fuera de mi España.

1 de diciembre de 1938: No se el porqué aun conservo este diario, has estado perdido entre mis ropas y eso te ha librado de la destrucción. Me engaño a mi mismo, aún sigues aquí porque cuando te releo veo a Raquel a mi lado, los momentos vividos juntos en el Hospital de Campaña, los momentos vividos a tu lado Raquel, son lo único que tengo, lo demás ya está perdido, y es lo único que me consuela en estos días de tan intenso frío. ¿Cuántas veces no me habré sentido tentado a arrojarte al fuego para calentarnos?. Estamos cruzando los Pirineos, pronto alcanzaremos el exilio, puede que sea peor que la muerte.

28 de enero de 1939 : Estamos en una especie de campamento de refugiados en el sur de Francia, en estos días me he movido mucho por todas partes, buscando, preguntado. Nadie sabe nada de Raquel. Las noticias que llegan de España dicen que Barcelona ha caído. Pronto caerá España entera.
Raquel, Raquel, Raquel. Te extraño tanto.

5 de abril de 1939: Hoy he vuelto a ti para escribir mi último episodio, mi último capítulo de este diario.. Han pasado dos meses desde la última vez y raramente aún te conservo. Los partes de guerra que nos llegan dicen que Madrid capituló ante el enemigo a finales de marzo y unos días después el último bastión que nos quedaba, Valencia. España se ha perdido para siempre. ¿Habré pérdido para siempre a Raquel?.
La situación en el sur de Francia es complicada, las esperanzas de encontrar aquí a Raquel son practicamente nulas, ya no tengo lugar donde no haya buscado o preguntando. He tenido conocimiento de que mucha gente ha partido en barcos hacia América, hacia Argentina. Es mi única esperanza de encontrarla.

El historiador pasó delicadamente la penúltima página escrita del diario y leyó en la última las siguientes palabras, en caligrafía doble y rotulada. : Hemos perdido la Guerra. Te quiero Raquel.
Dejo el libro sobre el anaquel y continuó con su labor de investigación.
Al día siguiente, uno de sus ayudantes, portando un ordenador portátil, transcribía letra por letra el contenido de aquel diario a su disco duro y de este a papel impreso.
Ahora comenzaba una labor detectivesca por registros, partes de guerra, noticias amarillentas, partes de defunción, exiliados, memoria del olvidado pasado. Realmente algo mucho más intrincado y enrevesado que la investigación en una biblioteca, aunque aquella labor no la iba a realizar el historiador, sino algún que otro amigo periodista con el que trabaja como colaborador y a quien también le interesó la historia.
Y algún tiempo después, tras ímprobos esfuerzos y pesquisas no carentes de dificultades periodisticas se publicó una noticia en la portada de un diario que resumidamente decía:

“ Barcelona. 26 de Agosto de 2004 .Gracias a una labor encomiable de investigación ha sido posible reunir simbólicamente en una tumba del cementerio de nuestra ciudad, los restos de dos españoles. Un exiliado de la guerra civil, que murió en 1968 en Argentina, quien nunca dejó de buscar a una mujer llamada Raquel de la cual se hallaba enamorado, pero a la que nunca pudo encontrar, y a una joven enfermera que falleció en Barcelona a finales de 1940, el año siguiente a la finalización de nuestra guerra fratricida, depositando sobre su tumba un ramo de flores, el hijo de ambos, de 65 años de edad, quien fue concebido en plena postguerra, tres meses antes del fallecimiento de Raquel, su madre, y a quien le fue entregado por parte del director de la Biblioteca Nacional, una copia del diario personal de su padre y quien gracias a la labor periodística de este diario ha logrado encontrar el eslabón perdido de sus orígenes, de su familia“

Desde el olvido.

Hay una persona a la que le gusta sentarse sobre una piedra a tomar el sol, cerca de una pared, al resguardo de la brisa, o en los bancos del parque, cuando sale a pasear, es mayor, está lanringectomizado, su mujer nos contó que cuando no estaba jubilado e iba a trabajar, se solían meter con él de tarde en tarde por su forma de hablar, que la gente era mala. En fin.

Especialmente dedicado a los fumadores.

Miraba el juego de los niños a través de los cristales, oía sus risas y sus gritos de júbilo y gozo ante la primer nevada, para muchos de ellos era su primera vez, su primer escalofrío.
Desde el olvido de los años, el abuelo, sentía el frío en los huesos, sus articulaciones oxidadas se volvían más perezosas con la llegada del invierno y no le obedecían sus dedos, que se le agarrotaban cual garras de pala escabadora y se negaban a cerrarse sobre la pelota de goma amarilla que el médico de huesos le había indicado como terapia a su artrosis. Sin embargo, a pesar del dolor, se sentía feliz de ver dichosos y alegres a sus nietos, correteando por sobre la hierba cubierta de copos blancos, arrojándose bolas, jugando a perseguirse por entre los pinos.
“¡¡Cuidado!!. ¡¡Está detrás de ti!!” –grito el abuelo a su nietecilla, su preferida,- un grito que solo salió de su alma, pero que se ahogó en sus cuerdas vocales, esas ingratas cuerdas que se deshicieron, se deshilacharon bajo el bisturí de un cirujano en una mesa de operaciones después de diagnosticarle el tumor maligno.
“Un día el tabaco te matarᔠ–Recordó entonces las palabras de Leonor- Y estuvo muy cerca de la misma muerte, tan sólo separado por el filo de una hoja templada de acero, su vida estuvo en manos del especialista que con un bisturí le sajó el don de la conversación, el don de las palabras habladas. Las palabras de su esposa habían sido premonitorias. Fue una larga y peligrosa operación en el quirófano de una prestigiosa clínica privada, ellos tenían dinero para pagarlo, y todo salió bien, sin complicaciones de ningún tipo. Todo un éxito. Pero él había quedado sin habla. Mudo. Condenado al ostracismo del silencio. Aunque hubiese salvado su vida, su vida ahora quedó atrapada. Al principio emitía sonidos guturales horribles que le asustaban a él mismo y no podía controlar el goteo de saliva y la baba le colgaba por entre los labios. Se daba hastío a si mismo. Dejó de ser persona y optó por su retirada, por el olvido, por mirar la vida desde detrás de sus visillos, lo que esta quisiera aún permitirle continuar en pie, humillándole y burlándose de su vejez, de su caricatura de ser humano destrozado por los años y la lenta e irreversible enfermedad.
Vio como su nieta era sorprendida desde atrás por otros dos niños que le lanzaban bolas de nieve por la espalda.
Se sentía como Gregorio, la enorme cucaracha de Kafka, en la metamorfosis, olvidado por todos y con una manzana clavada en la espalda que era incapaz de arrancar con sus artríticas manos arrugadas y huesudas.
Había sido laringectomizado hacía tres años y las secuelas eran una cicatriz a cada lado del cuello y un agujero en la parte baja, un traqueostoma, por el que tenía que respirar de por vida insuflando el aire directamente a sus pulmones, sin filtrarlo ni calentarlo, proceso que realizaría una persona normal al respirar por las fosas nasales. Llevaba un pañuelo babero ó medallón para tapar el estoma, otro estigma más en su relación social, que le había recluido en el ático de su casa. Había perdido también el sentido del gusto y el del olfato, pero eso eran síntomas menores. En el silencio de su retiro había aprendido a hablar con voz esofágica, una voz ronca con muy poco tono, extraña, de gangoso de chiste, irrisoria, usando el esófago para hacerlo, inyectando a través de él el aire que le permitiera comunicarse y emitir las palabras por el estoma, el agujero del fondo del cuello, no por la boca. Acaba de cumplir los sesenta años, y en su retiro impuesto, a veces, dudaba de si mismo, de su capacidad de volver a rehacer su vida. Aún recordaba las risas y burlas de los jovenzuelos una y otra, una y otra vez, al verle un pañuelo al cuello, al verle hablar por gestos. Llegó a comprender los chistes graciosos que hablaban del tonto del pueblo, pues eso era lo que él se sentía, eso era lo que sentía que los demás pensaban al verle pasear por la calle, el tonto del pueblo, y desde entonces optó por el olvido, por el silencio, por el enclaustramiento tras las paredes de la casa.
Hacía de ello tres años.
¡¡No os metáis por entre el estanque !! –gritó de nuevo desde dentro de su pecho- El estanque helado de los peces de colores, cubierto de una fina capa de hielo resquebrajadiza cubierta a su vez por otra fina de nieve que ocultaba el peligro.
Había aprendido a pronunciar la t, la p, y otras consonantes, pero su voz sonaba tan repulsiva que tan solo en soledad iba moldeando sus sonidos, tan solo en soledad y frente al espejo pronunciaba aquellas palabras de horrible tono auditivo que harían reir al burlón y llorar el amigo, esos pocos que llegado el momento, le abandonaron, visitaron al principio, pero cansados, terminaron por huir de su lado, de su mal humor, de su retiro, de su vida. Y quedo condenado al olvido, al olvido. Y ahora tan solo le quedaba su hijo, y sus nietos, con los que vivía y quienes le habían acogido con todo el cariño de una familia. Vió a su hijo recogiendo leña en el jardín para la chimenea de casa. Pensó en Leonor, y se alegró que estuviese ya muerta, se alegró que no llegase a conocerle ahora, a verle, se alegró de su muerte, porque ella se había ido con el recuerdo de un hombre íntegro y sano, nunca llegaría a conocer al hombre que era ahora, le daba las gracias a la muerte por habérsela llevado y volvió a recordar sus palabras tantas veces repetidas “Un día el tabaco te matará”.
Creyó oir, ya que su oído - según pensaba- se había agudizado, al perder los sentidos del gusto y el olfato, creyó oir el crujido de algo al resquebrajarse.
Desde detrás de sus visillos, vio a su nieta resbalar sobre el hielo, los demás niños ya no estaban, se dedicaban a perseguirse al otro lado, debajo de los pinos, pero ella, jugando al escondite, había resbalado sobre la capa del hielo del estanque de los peces de colores y con el golpe al caer, esta se había empezado a agrietar y con un chasquido de cristal roto abrió sus puertas al infierno helado y la niña se introdujo en sus entrañas.
El abuelo hizo gestos desesperados, abrió la ventana, palmeó, intentó llamar la atención de su hijo, que había vuelto a salir a buscar otro montoncito de leña, pero todo era inútil. No le escuchaba, no le sentía, no le intuía.
Veía a su nieta, en el agua, asomando la cabezita por entre las aguas congeladas, aterida de frío, tiritando, llorando, incapaz de chillar, y veía a su hijo colocando los trozos de leña sobre la carretilla y pensó en el silbato que le regalaron, pero estaba abajo, no había tiempo, no había lugar, y … entonces lo hizo …, ¡Gritó! . Era un grito sin palabras, un grito sin sentido, un grito de desesperación. Pero allá abajo, su hijo le oyó, entendió ese grito, era totalmente entendible, perfectamente comprensible, su hijo le había oído pronunciar letra a letra : ¡¡¡¡ Leonor ha caído al estanque!!!! Y su hijo no necesitó mirar hacia la ventana, no necesitó ver a su padre indicando con gestos el lugar del accidente, le había entendido, era la primera vez que había vuelvo a escuchar a su padre de la misma manera que lo hacía antes de la operación, el abuelo había pronunciado por primera vez en tres años una frase humanizada, y corrió hacia el estanque como nunca lo hizo en toda su vida y el abuelo le vio meterse hasta la cintura en el agua y sacar a su hija, estrecharla contra su pecho y regresar.